Salió de su casa, si esa habitación donde vivía podría considerarse así, después de comer lo que había conseguido el día anterior de los contenedores de los supermercados. Como cada día al anochecer, recoger las sobras que los supermercados no podían vender, era parte de su rutina cuando éstos cerraban. Aún viviendo así, era feliz y no lograba entender cómo los rostros de cientos de personas que se cruzaba diariamente en la ciudad indicaban lo contrario, cuando seguramente tenían un hogar decente, una familia, amigos y mejores ropas, salud y buena alimentación. Las circunstancias de su vida lo habían dejado solo y arruinado, a él y a su talento musical que nunca nadie supo reconocer. Pero tenía esperanza y mucho tiempo libre, hasta que la mujer de negro le acabara secuestrando como ya había intentado hacía un par de años, suerte que esa vez logró escapar. Se pasaba las mañanas y las tardes en el metro de Barcelona, yendo de una línea a otra, tocando con su clarinete canciones alegres, ...